domingo, 17 de julio de 2011

Origen del quichua santiagueño

Elpidio Herrera, quichusta,
con Juan Carlos Sequeira.

Soconcho, la tragedia

Como se sabe, la travesía de los cuatro capitanes, con Diego de Rojas, en su carácter de jefe de la expedición, teniendo por segundo al capitán Felipe Gutiérrez, secundados por Francisco de Mendoza y Nicolás de Heredia,  se llevó adelante sin  ningún problema de importancia, salvo las observaciones de espías distantes  y algunas escaramuzas con tribus díscolas.
Los acontecimientos se precipitaron en Maquijata, con la columna de Diego de Rojas.  Allí entraron en batalla  con los juíes, la  lucha duró pocas horas. Una flecha rozó la pierna del Capitán. No se la consideró una herida  de importancia.
Las huestes continuaron con rumbo a Soconcho, seguramente acosadas  en sus flancos por los nativos
Maquijata está enclavada en el actual departamento Choya, muy cerca del límite con el departamento Guasayán, entre las poblaciones de Santa Catalina y Villa La Punta muy cerca de Sol de Mayo, a uno 70 kilómetro de la ciudad de Santiago del Estero, por la ruta 64 rumbo a Catamarca y ruta perpendicular interna 24.
Soconcho. Actualmente, existen parajes con este nombre en los posibles lugares que pertenecerían a su geografía. El verdadero asentamiento de esa ciudad se desconoce. Podríamos llamarla ciudad  porque se dice que tenía más de 1.000 casas, seguramente era, con las características de su época en cualquier parte. Los españoles hablan de la “nación de Soconcho” referida a un vasto territorio; también al referirse a sus habitantes se refieren  hasta 12.000. Tenemos un dato seguro, la fundación de Medellín, cercana a Soconcho. Suponemos por los mapas catastrales antiguos que su asentamiento y población abarcaban dos departamentos a ambas márgenes del río Dulce. En la actualidad se extendería desde Villa Atamisqui, El Hoyón y Medellín en el departamento Atamisqui y Chilca Juliana, Los Telares y Salavina en el departamento Salavina.
Caben ahora  algunas preguntas, que se tornan prácticamente retóricas, pues no se puede esperar respuestas definitivas, quedan así, abiertas a la suposición.
Primero: ¿Por qué los capitanes españoles se separan a la altura de Tucumán, en dos columnas? Diego de Rojas viene por el centro, por la montaña y los tres capitanes siguen el curso del río Dulce (Río del Estero para los castellanos) por una de sus márgenes. El río tenía antes de la creación de los diques, más de cinco kilómetros de anchura y permanecía seco varios meses, esto significa, que se desplazan seguros, porque no podrán ser atacados sin antes advertir el peligro y por otra parte los indios de carga tendrían menos esfuerzos viniendo por el llano. Debemos tener en cuenta esta referencia: indios de carga. ¿Cuántos venían?
Segundo: ¿Por qué con Diego de Rojas vienen las mujeres de la comitiva? Aquí también podemos arriesgar una suposición: era la columna más segura, con guerreros más experimentados, pero iba a pasar por los lugares más peligrosos.
Tercero: Tenían por informe de los incas  el nombre del lugar: Soconcho, pero ¿Cómo sabían  que serían recibidos pacíficamente si era cierto que Soconcho tenía mil casas?  Entonces podía haber sido peligroso por el número de  habitantes.
Estos interrogantes con otros y preguntas hasta el infinito sólo nos permiten interpretar  a partir de hechos comentados históricamente. Intuir entre la maraña  y arriesgar teorías personales buscando algún horizonte.
Soconcho en 1543 era el extremo o final de las poblaciones hacia el este. Un territorio de agua seguramente  de más de cien kilómetros que  impedía toda posibilidad de continuar, era una barrera líquida, un mar a los ojos de los hombres. Un extraño mar con plantas de vinal, una especie que crece en el agua y aun en las salinas.
A Soconcho convergen las dos columnas sin intuir la tragedia. Podemos repasar nuevamente algunos acontecimientos. Al tercer día de llegar a destino, muere Diego de Rojas, Capitán y jefe de la partida. Allí se culpa a Catalina de Enciso de haber envenenado a Rojas para favorecer a su marido  Felipe Gutiérrez segundo jefe y sucesor  del capitán fallecido. Marido y mujer son apresados y devueltos al Perú. De este problema sale airoso Francisco de Mendoza a quien se designa y asume el mando de las huestes y queda como segundo en el mando el capitán Nicolás de Heredia.
El nuevo jefe ordena continuar la marcha hacia el objetivo final, el Río de la Plata. Se internan en el agua y vuelven a Soconcho después de 20 días de penurias con el agua eternamente en la cincha de los caballos. Los capitanes, deciden crear un fuerte y después de fundar Medellin y permanecer un largo tiempo hasta aprovisionarse, inician de nuevo la travesía esta vez con éxito.
En el lapso de casi dos años que demoran en volver, ninguno en Soconcho conocía la suerte de los expedicionarios, lo más seguro, era que se habían muerto o vuelto por otra ruta más  fácil.
Ahora la otra pregunta: ¿Y los indios de carga? Seguramente no pueden volver 3.000 kilómetros. Atrás quedó el pasado. El imperio inca derrotado. Vencido. Dominado por los mismos que ahora los esclavizan. En  Soconcho encontraron un lugar seguro y sobre todo la libertad.
En los dos años que demoraron los españoles hasta llegar al Río  de la Plata  y regresar, formaron familias y se afincaron creando nuevos poblados a las márgenes del río Dulce o en cualquiera de sus innumerables brazos, buscando las partes altas, prácticamente islotes entre las aguas y lejos de las asechanzas de los blancos que los considerarían desertores.
Así tenemos los nuevos núcleos familiares que adoptaron el idioma de los incas además de nuevos conocimientos y nuevas costumbres. Los incas conocían la alta civilización de donde procedían, aprendieron mucho de los españoles, principalmente a dominar los animales yeguarizo, su reproducción y monta. Muchos caballos se escaparon o se mancaron o tuvieron que dejarse para continuar en el agua. Por otra parte los españoles no pudieron llevar en el agua  la infinidad de bagajes que traían como carga y así quedaron herramientas, principalmente, palas, hachas, azadas, machetes, cuchillos, elementos desconocidos hasta entonces por nuestros pueblos originarios.

Arraigo del quichua
Los primeros núcleos temerosos por los castigos de los blancos, ganaron los bosques y fueron poblando principalmente lo que hoy son los departamentos Atamisqui y Salavina  y fueron  Soconcho y Medellín y sus aledaños, lugar de congregación de varias etnias pertenecientes a nuestra provincia y asimismo puerta de entrada a los  nuevos núcleos formados por hombres incarios y mujeres nativas y origen del arraigo del quichua peruano o runa simi  ( en quichua “runa”: hombre u hombre del pueblo y “simi”: lengua, idioma o  habla. “Idioma del pueblo”).
Atamisqui y Salavina figuraron hasta aproximadamente 1850, como departamento Soconcho en los mapas catastrales de Santiago del Estero.
Alrededor del 1600 los núcleos están arraigados  y son un polo de atracción hacia donde convergen  los nuevos contingentes incarios  que llegan con los nuevos gobernadores españoles.
Fundada Santiago del Estero  en 1553, las autoridades continuamente esclavizaban a los indígenas, muchos se sometieron a los blancos y las mayorías se alejaban a los bosques y a veces producían levantamientos reivindicatorios o simplemente para adquirir herramientas que les eran indispensables. A medida que crecían los asentamientos  de los españoles, las poblaciones indígenas tomaban mayor distancia  de los centros del poder.
Hacia 1700 se alejaron las aguas por el cataclismo que hace desaparecer a la ciudad de Esteco en la provincia de Salta, cambia el curso del río Bermejo, nace un nuevo río, el Teuco y se secan los esteros santiagueños. Esto ocurre en 1692, cumpliéndose así la profecía de San Francisco Solano “Esteco desaparecerá de la faz de la tierra”. El ultimo y cuarto asentamiento de Esteco estaba sobre el río Salado a los 26 grados; el río Salado también  modificó su curso.
A esta altura las familias integradas por mujeres nativas y hombres del incanato peruano formaron congregaciones también en los actuales departamentos Loreto, Silípica, San Martín, Avellaneda y más tarde Taboada. Ahora interesa el departamento Avellaneda, para esa época profundamente boscoso, enclavado entre los dos grandes ríos, el Dulce y el Salado y un tercer río el Mailín, que corría entre los otros dos y termino secándose. Pronto se convierte  en el mayor núcleo de población, ahora más alejado y protegido de las persecuciones. Las ciudades españolas y principalmente las autoridades de la capital, Santiago del Estero, continuaron durante siglos creando el temor a los pueblos indígenas. Esta expulsión estaba agravada también por el mal trato y  los trabajos extenuantes de sol a sol, que llegaban hasta la muerte.
La primera población estable en el actual departamento Avellaneda fue Icaño  y aun quizá la primera en convivir indios y españoles, principalmente después de la revolución del 25 de mayo de 1810.
Esto explica por qué el departamento Avellaneda es el único en la  provincia que cuenta con cinco ciudades en la actualidad: Lugones, Herrera, Colonia Dora, Icaño y Real Sayana. Esto se debió al gran núcleo indígena, la mano de obra para la agricultura en tierras feraces  y fue el primer  ejemplo de convivencia pacífica.

Icaño, centro de expansión
Icaño en los años 1600, era una vasta región que comprendía gran parte del departamento Avellaneda a las dos márgenes  del Río Salado y  llegando en ese entonces hasta la actual ciudad de Añatuya  sobre la margen izquierda del río en el actual departamento Taboada.
Los nuevos asentamientos encontraron el lugar de mayor protección y abundante caza, pesca, recolección y tierras fértiles. Allí, en medio de los diversos brazos del río, las  intrincadas lagunas y principalmente la laguna Pumusha, habitada por millares de aves palmípedas, variedad de patos y aves exóticas.
En ese paraíso terrestre, encontraron  su hábitat no solo las nuevas familias hablantes de quichua, pues recibió la expulsión migratoria de distintas etnias: salavines o sanavirones, indamás, mocovíes, tonocotés, cacanes, y guaicurúes, movidos por los adelantos y el conocimiento de los nuevos visitantes. Las congregaciones a la usanza de “ayllus” peruanos y luego las “mingas”, formas de cooperativas  actuales, en donde trabajaban todos para todos, les permitieron mejorar y agrandar los cultivos y una mayor diversidad, formas de acopio, conocimiento de medicina y principios morales y religiosos. 
Se deslumbraron ante el progreso de los incas por su conocimiento en tácticas de guerra, principalmente defensa y también  por el uso de nuevos instrumentos de labranza, hachas, azadas, cuchillos que dejaron los españoles al igual que  el uso de animales yegüerizos en distintas tareas. Ahora  cortar un árbol para hacer el rancho les llevaba horas en lugar de días aplicando el uso del fuego y otros rudimento, lo mismo fabricar morteros, bateas, hacer cercos y corrales y mayor cantidad de leña para el fuego y combustible para los hornos de cerámica. Las mujeres encontraron el placer de construir mejores tejidos de lana y crear nuevas figuras y realzar su trabajo con nuevas tinturas extraída de raíces, frutos o insectos y su mejor conservación.  El cuchillo les permitió cortes más finos para salar la carne y poder trabajar el cuero con tientos y la fabricación de lazos y baleadoras, por cuanto los naturales solo  fabricaban estos materiales de chaguar. Por otra parte, los caballos eran usados en transporte de personas y cargas.
Ocupado el nuevo territorio,  comenzaron las poblaciones a extenderse,  por razones de seguridad ocuparon la margen izquierda del río Salado para tener  como trinchera  la profundidad de las aguas, entonces siguieron  asentándose río arriba río  hacia lo que son hoy, Llajta Mauca, Matará, Tiun Punco, Suncho Corral, Lojlo, Villa Figueroa Bandera Bajado y llegaron al final de los asentamientos en las otras grandes lagunas conocidas actualmente como Kilómetro Cero o Embalse Kilómetro Cero. Otro vergel como la Laguna Pumusha. Hacia 1700  habían pasado 150 años y los bisnietos de aquellos primeros incas llegados a  nuestras tierras, ahora solamente hablaban el idioma quichua.  Ahora se incorporaron nuevos departamentos en el mapa de la expansión del quichua: Matará (actual departamento Felipe Ibarra) Figueroa, Moreno y algunos espacios en departamentos periféricos.
La provincia estaba dividida en dos mitades; hacia la margen izquierda del río Salado una civilización  que no necesitó del dinero, ni del mando; con una moral envidiable en cualquier  espacio y tiempo en nuestro planeta, sin ambicionar tierras, en este espacio el fruto era de todos y la tierra de nadie, como proclamaría después el filósofo  Juan Jacobo Rousseau (Francia 1712-1775). En esta margen izquierda se afirmaban tradiciones,  se creaban símbolos, aseguraban en los mitos y las leyendas el recuerdo de una raza que seguramente no morirá porque es la sangre de América.
Una sola ley incaria: “ama shua, ama llulla, ama quella” (ni ladrón, ni mentiroso, ni perezoso.)  y  las puertas de los ranchos no se cerraban nunca. Del trabajo comunitario quedaba separado lo que le correspondía a los ancianos, a los enfermos a los desvalidos y a las viudas. Y un solo idioma que aglutinó a todos: el quichua.
A la margen derecha del Río Salado, en su mayor parte, luchas interminables por el mando, el dinero, las tierras, un empeño feroz en eliminar vestigios de una cultura milenaria, borrar los nombres de las personas por nombres aceptados por el santoral y la inmoralidad reinaba entre la codicia y el lujo y un idioma: el castellano.
A la margen derecha los perseguidores, a la izquierda los perseguidos. A la derecha la religión era obligatoria, la música eclesiástica, a la izquierda la religión era la misma, pero libre. Pachacamac creador del cielo y de la tierra, hacedor del tiempo y el espacio, pero no tenía santos ni ángeles y serafines, tenía el  sol, la luna  las estrellas, la lluvia, como lo proponía el franciscano, “Hermano Sol  Hermana Luna” La música no estaba en las iglesias, estaba en el alma, para ellos no era necesario un órgano, les bastó una caña, un madero para el compás y bailar bajo el cielo profundo y la tierra dichosa. A la izquierda un mundo feliz,  en silencio, en secreto y en silencio y secreto se fue borrando, mezclándose con el castellano, porque en definitiva, los españoles tomaron por esposas a las nativas al igual que los incas. Pero quedaba un idioma  trivocálico, veamos ejemplos y símbolos: cacuy (nombre de un ave de leyenda) turai-( hermano) amui - (vení) urpila - (paloma pequeña) Aravicus (poeta) siempre las vocales,  A-U-I- como una música para los siglos.
Mientras vive un idioma está vivo el destino. 
Se puede aceptar así como así, que reconocer que los hijos de los españoles con indias eran  sus propios hermanos, sin un profundo análisis sociológico,  filosófico y político.  Porque del reconocimiento de la hermandad, surge que tampoco se podía luchar contra sus hermanos y el único paso político y social, era una  renuncia simple, como una forma de vasallaje al blanco. Esta entrega para una  convivencia pacífica, ha sido un paso profundamente meditado, analizado y ejecutado, con prudencia, acatamiento y sabiduría.
Hoy en presencia de esta realidad, podemos aceptar aquello que creíamos que era una idea delirante: un congreso de amautas, en tierras santiagueñas. Amautas (sabios peruanos de la época incaria) llegados secretamente desde el Perú y  nuestros amautas, yachachej (maestros) y aravicus, (poetas), llegaron a la conclusión de aceptar la hermandad de los hijos de los españoles con sus hermanos y no derramar sangre. “Aceptar con humildad la paz, en unión pacífica y silenciosa sin odios ni rencores” Una sola generación que dé ese paso, sería suficiente para apagar la violencia y aceptar con resignación el futuro de oscuridad y silencio de una raza en retirada, con una sola condición: salvar por siempre el idioma. El idioma de la resistencia.
 ¿Acaso no ocurre esto también con el gaucho. En medio de  La Pampa, deciden, Martín Fierro sus dos hijos y el hijo del sargento Cruz, separarse y tomar cada uno un rumbo y cambiar de nombre?
 “Después a los cuatro vientos
 los  cuatro se dirigieron.
Una promesa se hicieron 
que todos debían  cumplir,
más no les puedo decir
pues secreto prometieron”
Cuando Enrique Villar, un amigo periodista  hablábamos de cosas salidas del alma de los pueblos, quizá en nuestro interior también existían dudas, dudas que por nuestra parte seguimos conservando. Pero “Quique” Villar que ya no puede ser testigo, nos dijo que aquel amauta, sentado sobre una piedra en las montañas de Bolivia, después de muchos días de meditación y silencio y ante  la persistencia de nuestro amigo periodista y escritor, le dio una sola respuesta: “El día del inca volverá”
Podemos preguntar sin duda a donde se reunían en  nuestro territorio. ¿Cual era el sitio secreto?  Extrañamente, hay un lugar de las serranías de Guasayan, en donde se dice que los pulmones y el cerebro reciben una doble oxigenación. Para nosotros la química es única y el aire es único, pero existe otra mística, otros pulmones y otros cerebros. Entonces podemos sentir una extraña sensación, cuando pensamos que ese lugar sea Maquijata, en donde comenzó todo y el lugar que se defendió con la vida.
De todas maneras, en los pueblos santiagueños se unieron  las diversas culturas, con la diferencia de que el blanco siempre tiene  en el alma el espíritu del dominador, esto también pasará, como todo poder, como todo mando, pasará como  todos los imperios, no importa cuantos siglos gobiernen, ni cuantas armas tengan. Existe otro oxigeno. La ambición es el enemigo invisible, el veneno que llevan en su propio  espíritu los que mandan.
Extraído de la Antología de poetas del norte (inédita), de Alfonso Nassif.

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