viernes, 2 de septiembre de 2011

Santiago, guitarra y copla

Juan Carlos Carabajal, sentado.
Tomando mate,  León Gieco.
Juan Carlos Carabajal, el bosque, un trabajo irrepetible y magistral

Hace más de treinta años, Juan Carlos Carabajal cambió una tranquila vida de secretario en un colegio de Quimilí, por una existencia más agitada en Santiago. En una provincia que hasta ese entonces tenía más población rural que urbana, creó uno de los programas radiales de más éxito en la radiofonía local, “Santiago, guitarra y copla”, con el que se ganó el corazón de la paisanada, lo más auténtico que tiene esta tierra. 
Al poco tiempo ya hacía cantar a humildes artistas campesinos en un espacio de su programa, “La peña de los viernes”, y cuando había transitado cinco años de su éxito, editó su propia revista, que se distribuía no solamente en Santiago sino en las provincias vecinas y –por supuesto- en Buenos Aires.
Este locutor de alma, nacido cerca de Quimilí, en El Pértigo, ganó dos de los premios más importantes que entrega la radiofonía nacional, el “Martín Fierro” y el “Santa Clara de Asís” y en una extensa entrevista, dejó algunas definiciones, anécdotas e historias que muestran la calidez y la humildad de un hombre cuya voz sigue siendo reconocida en humildes casas de medio del monte y donde llegaran las ondas de la radio.
Pero dejemos que hable un rato y vayamos interrumpiéndolo para contar algunos detalles que matizarán una charla que se desarrolló en su casa del barrio América del Sur. Con unos mates amigos, como corresponde.
“Yo soy maestro, pero hice mi aprendizaje, llevado por mi vocación, en las vacaciones, era secretario en un colegio de Quimilí y aprovechaba las vacaciones de los muchachos, los locutores, los periodistas. Hice uno de los primeros móviles con un grabadorcito de esos larguitos, con teclas. Estábamos en la década del 70. Aprendí en todas las líneas: periodismo, locución comercial, conducción de programas. Antes de ´Santiago, guitarra y copla´, hice ´El gigante de los sábados´, que era de cuatro horas. Lo de LV11 era muy espontáneo. Los muchachos hacían los programas de lo que surgía: leían El Liberal, recibían un llamado telefónico. No había una estructura. Incluso las entrevistas no estaban pactadas, llegaba un tipo y entraba. Ahora la producción te cita tal día, a tal hora y tienes tal tiempo. En esa época llegaba Fulanito de Tal en el tren e iba derecho a LV11, no preguntaba si había espacio, nada. 

"Había un vaguito que entraba y preguntaba: ´¿Lustra?´ Y salía al aire.

Carabajal en una
fotografía reciente.
“Era una radio romántica, favorecida no porque no hubiera controles sino porque también estaba expedita la entrada, como una oficina pública. Un pasillo, a un costado estaba Publicidad, en el primer patio dabas una vuelta y ahí estaba la sala. Era otra radio, más espontánea, más del momento. Hoy sigue siéndolo, pero con distintas características. Admiro y añoro el profesionalismo de los que trabajaban en aquella emisora, sin entrar a juzgar a los de ahora. Yo oigo poca radio desde que me fui de LV11. Pero sé que algún locutor de frecuencia modulada hace un concurso y el premio es un rollo de papel higiénico, algo que me parece burdo y ultrajante hacia la audiencia. Después me molesta esa charleta entre ellos, cuando dicen ´ha ganao Fulano y Mengano está al último´. Me molesta la falta de respeto hacia la audiencia. Me parece que los profesionales de hoy no tienen formación. Exagerando un poco pareciera que pasa un tipo por la vereda del frente y le dicen. ´che, ¿no quieres hacer radio? Bueno, pagá tanto el espacio y hacé lo que quieras´.
“En aquella época no era tan fácil entrar, había que rendir como mínimo una prueba. Después sí se hizo más fácil el ingreso. Nosotros, los de la vieja guardia estábamos medianamente capacitados y había locutores de fuste: Hugo Ocaranza era un maestro del micrófono. Había un señor que tenía un programa a la noche, ponía un pocillo y hablaba haciendo sonar la cucharita y vos creías que estabas tomando café con él. Había también una lista de discos que formaba un discotecario –porque la radio tenía un discotecario- y uno tenía que ceñirse a lo que había armado. Ahora vas y pones lo que a vos te gusta, llevas de tu casa los discos o el pen-drive con el repertorio.
“Han cambiado muchas cosas, hoy la dinámica es muy distinta, los intereses son muy distintos. Antes alentábamos los valores jóvenes por sus condiciones, no porque te pusieran plata para que le des manija. Y no estoy acusando a nadie sino simplemente revelando un ´modus operandi´ que muchos conocen.
“Me acuerdo de que cuando éramos chicos escuchábamos radio El Mundo, en la que había señores locutores, Valentín Viloria, Carlitos Ginés, Nora Perlé, qué sé yo, tantos… aunque no quisiéramos, estábamos formando el oído. Y digo bien, formando, porque se educa a través de la radio. Ahora escuchas a esos que gritan cualquier cosa, están en la jarana. En esa radio, en cambio había tipos que hablaban con seriedad, no con solemnidad, con conciencia de lo que estaban diciendo, con conciencia de que manejaban un medio de difusión y de que en cierta forma estaban influyendo en la formación de la sociedad.”

Pausa. Para contar que desde el 2006, el hombre se transformó en un juglar, aquel personaje de la Europa medieval que recorría pueblos tocando instrumentos, cantando, recitando y mostrando otras destrezas mientras difundía las noticias de los acontecimientos de otros lugares distantes. En estos últimos años ha recorrido más de 100 pueblos y ciudades de toda la Argentina, llevando en sus mochilas la música del norte y promoviendo jóvenes valores de los pueblos que visita.
Pero, sigamos conversando con Juan Carlos:

“Resulta que nosotros por la voz, quienes hemos sido y somos adeptos a la radio, nos imaginábamos la cara de la persona que transmitía. Qué habrá pensado una señora (cabeza atada), del campo, que vino trayendo una carta. Se asomó a la puerta de la radio. Nosotros estábamos sentados alrededor de la mesa desde donde transmitíamos, con el micrófono en el centro. Ella pregunta:
-¿El señor Juan Carlos Carabajal?
Nos damos vuelta todos, me levanto yo. Y me dice:
-¡¿Usted es don Juan Carlos Carabajal?!- como sorprendida, con una cara que indicaba ´yo me imaginaba que era otro tipo´. Después los muchachos inventaron que la mujer había dicho ´yo pensaba que era rubio y de ojos celestes¨.
“Una vez en La Aloja, departamento Pellegrini, yo largaba a los músicos chamameceros y me iba a dar una vuelta para animar a los paisanos a que me hablen, porque la gente del campo es muy respetuosa, muy tímida. Me acerco a uno y le comienzo a conversar. Al rato me dice:
-Yo lo escucho a usted y se me hace que estoy oyendo la radio.
“La vez pasada tuve una gran emoción en Buenos Aires. Resulta que Hilda Serrano es de Coroneles, en el departamento Atamisqui. Yo comencé mi programa el día anterior del comienzo de la Guerra de las Malvinas. Me cuenta que con la madre, se sentaban a la tarde a escuchar la radio, antes barrían el patio, ese patio largo como los que hay en el campo, que no tiene muchos límites sino que va hasta el camino.
“Han transcurrido muchos años, por lo que no tengo tanta memoria. Pero por ahí, en Mar del Plata, el año pasado, después de cantar, me bajo del escenario, estaba tomando algo ahí en el buffet, viene una señora y me dice:
-Yo hace 25 años lo escuchaba a usted, allá en el campo.
“En abril de este año estuve en Quilmes y vino una familia, Carlos Carabajal se llama el hombre. Y faltaba que llore la señora. Me recordó que ella tenía una postal en blanco y negro. La gente me mandaba a pedir una foto y yo las ponía en un sobre y mandaba. Pero no sé cuántos sobres he enviado. Se trataba de una cosa sencilla -en la época en que no había fotoshop- era una postal en blanco y negro que me habían hecho en RCA Víctor, cuando grabábamos. Incluso cuando iba al campo con lo que llamábamos nuestra embajada artística, las repartíamos. Surgía también como una necesidad de tomar contacto directo con la gente. Todos esos recuerdos hablan de una labor que incluso traspasa el simple hecho de una respuesta de la audiencia.
“En esa época recibíamos 10, 15 ó 20 cartas por día. No había teléfonos a la mano, no había celular ni emisoras de frecuencia modulada, de modo tal que el monopolio de la audiencia estaba ejercido por LV11 y Radio Nacional. Se me ocurrió la idea de pedirle a la gente que me mandara coplas. Y arrancó una costumbre que duró bastante tiempo. Yo le pedía a la gente que hurgara en la memoria de sus viejos. Una chica de Vaca Muerta, en m medio de esos salitrales del departamento Banda, me mandó el poema “Romance del río Dulce”, de Dalmiro Coronel Lugones, pero no lo mandó completo -es una obra respetable tanto en su contenido como en su extensión. A mí se me ocurrió charquear el poema y ponerle música. Así que lo acomodé, porque hacer música un poema de Dalmiro es tarea ímproba. Yo quería hacer una zamba, porque el título se prestaba. Así que le acomodé una melodía y con Horacio Banegas hicimos el estribillo, la grabamos después en el marco del programa y la incluimos en varios discos. El aporte de la gente fue fundamental a la hora de animarme y encontrar una respuesta a lo que estaba haciendo.
“Mi estilo de radiofonía siempre ha sido coloquial, yo hablo con la gente. Y ese diálogo se traducía en una amistad creciente con personas físicas y otras que no he llegado nunca a conocer y que no llegaré a conocer.

Otra pausa para dar vuelta la cinta del grabador. Y para contar que junto a su grupo, “El Rejunte”, lleva grabados tres discos y que está preparando el cuarto en producciones independientes. Su disco solista “De pueblo en pueblo” es el resultado de experiencias recogidas en sus extensas giras por todo el país. Y sigue conversando, hurgando recuerdos:
“Al estilo de los viejos radioteatros, una embajada artística de mi programa salía a los pueblos llevando en vivo, la música que se oía en la radio. Tuvo un solo responsable, Piri Sabalza, un hombre trabajador y muy esforzado. Le surgió la idea de que podíamos conformar un grupo de artistas y llevarlos por los pueblos. Él tenía una camioneta de doble cabina. También conocía hasta el último caminito de Santiago y al que no lo conocía, lo conocimos después. Una noche fuimos a Los Telares, llovió con piedra en todo Santiago, los techos de los autos se destrozaron y extrañamente en Los Telares no llovió hasta que terminamos el espectáculo.
“Siempre llevábamos una figura de gran repercusión, como los hermanos Mattar, un grupo de bailarines y un conjunto de chamamé. Aunque parezca mentira, todos cabíamos en la camioneta. Después le agregamos el equipo de sonido y en algunos lugares un grupo electrógeno porque, como sabes, en muchos lugares de Santiago no había y no hay electricidad.
“Esa primera experiencia nos abrió un mercado que hasta el momento estaba sin explotar. Había bailes en Atamisqui, en Garza, carnavales en Campo Gallo, en los centros poblados más importantes. Pero en La Aloja, El Chañarito, Machajuay Huanchina, El Cruce de Figueroa, Monte Redondo, Sauce Solo, nunca o casi nunca había un espectáculo. Ayudados por la repercusión que tenía el programa, convocábamos a la gente que venía de los pueblos vecinos al lugar donde se hacía la reunión.
“También teníamos un reservorio, la peña de los viernes, otro fenómeno. Comenzó un día que Ceferino Ledesma me dijo que quería cantar. Estábamos atrapados en esa ola de nacionalismo que se originó después de la invasión a las Malvinas, cuando las radios dejaron de pasar música extranjera. Esa creo que fue una de las razones de la repercusión que tuvo el programa. Que comenzó, justamente, el 1 de abril de 1982, justo un día antes de lo de las Malvinas. La primera semana se interrumpía el programa para conectar con radios de Buenos Aires, que informaban sobre la guerra.
“La peña de los viernes fue un golazo porque el músico de Loreto, de Figueroa, de Copo, Alberdi escuchaba el programa y decía:
-Eh, están tocando en la radio, yo también podría hacerlo.
Y se venía.

“Había un señor que vivía de la ruta 9 hacia adentro. Venía en bicicleta, con el acordeoncito atrás, en el portaquipaje, dejaba el vehículo en la casa de un amigo, en la ruta, después se tomaba el colectivo y salía en la LV11 tocando chamamé. Como ese debe haber no sé cuántos ejemplos. Se generó una ola de atracción hacia el músico popular que nunca había tenido acceso a un medio de difusión. Lo que despertamos con la peña de los viernes fue el entusiasmo del músico aficionado, el que apenas champurreaba algunos chamamés en algún baile, en algún cumpleaños, en un bautismo, se preguntaba:
-Si Fulanito ha tocado por qué no yo.
“Incluso no hacíamos una preselección, el tipo venía y tocaba como sabía, como podía. Era bueno, regular, a mí no me interesaba. Un amigo me dijo que iba a seleccionar esa gente. Pero a uno que había hecho no sé cuántos kilómetros en la bicicleta, trayendo atrás el acordeón, yo no le podía decir:
-Mirá, lo tuyo no va.
“Si había hecho el sacrificio, el tipo tenía algo, sabía alguna cosa, no era un prodigio. De todas maneras, con el tiempo, ellos mismos fueron haciendo una composición de lugar, ya decían:
-No, yo no estoy preparado para tocar. Yo canto o toco más o menos, no voy a ir a pasar vergüenza.
“Eso se da cuando la peña de los viernes adquiere mucha popularidad, mucho prestigio, se hizo como una selección natural.  Cuando salíamos con la embajada también había grupos que querían tocar, nosotros les decíamos:
-¡Sí!, por favor.
“No voy a dar nombres, pero muchos de los números que después integraron el programa, arrancaron de esos encuentros, como gente de El Bobadal, Pozo Hondo, San Félix, Las Delicias.
“Otra cosa, en todos estos lugares nos atendían a cuerpo de rey. Era como si hubiera llegado el Rey de España. ´Pasen a comer´, nos decían con mucha delicadeza. De lo poco que tenían nos daban todo. Y también nos hacían regalos. Yo popularicé el tema del mate con tortilla. Siempre me regalaban tortilla y pan casero y mi mujer me decía:
-Deciles que no te regalen más.

"Es que en casa ya no sabía que hacer con tanto pan.”

Última pausa en la entrevista. La mañana sigue corriendo mansa por la calle Paraguay y uno, aunque no es un gran conocedor, recuerda que como compositor folklórico sus títulos más conocidos son “Entra a mi hogar”, “Hermano kakuy”, “Para los ojos más bellos”·, “La mesa”, “Sembremos la chacarera”, “Corazón verdugo”, que fueron grabados por Los Carabajal, Alfredo Ábalos, Horacio Banegas, Suna Rocha, Cuti y Roberto, Peteco Carabajal, Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino, Los Manseros Santiagueños, Los Tekis, Sergio Galleguillo y Perla Aguirre, entre otros. Además compuso, junto a Horacio Banegas, los Sin Nombre y Elpidio Herrera, la obra integral “La misa santiagueña” y su complemento “La Navidad sachera”, que exaltan la religión del pueblo santiagueño. Después, el hombre continúa:

“El nacimiento de la revista es otra cosa. Cuando cumplimos cinco años se nos ocurrió que podríamos hacer un folleto para explicar esto mismo que estoy diciendo ahora. Pero vino mi hermano, Cachín Díaz y me dijo que mejor era una revista. Justo se hacía una Feria de la República en Buenos Aires. Pusimos un stand y fue una sorpresa la cantidad que vendimos. Ese primer número tenía solamente ocho páginas. El segundo número ya le agregamos páginas. Cuando se probó la eficacia de la propuesta y ya estábamos encaminados con mi hijo, Fabio, Cachín nos dejó. Él nunca formó parte del equipo sino que nos colaboraba, nos guiaba. Y cuando vio que ya estábamos medianamente aptos para la tarea, hizo un paso al costado y seguimos nosotros. Con el advenimiento de la computadora, cambiamos el formato, pasamos a “A4”, empezamos a imprimir en Tucumán, con tapas a color. El punto culminante fue el suplemento “Adiós Jacinto”. La sacamos a los pocos días de desaparecido Jacinto Piedra, la gente arrancaba la revista de los kioscos, tuvimos que reimprimir. Cuando volvía la gente de los actos de José Zavalía, pasaba por los kioscos y arrasaba con todo. Con el tiempo fuimos afinando el lápiz. Le dimos cabida a los artistas populares, sin descuidar las notas puntales. En 46 números hemos publicado las primeras notas de muchísimos artistas que hoy son muy famosos. Cuando Soledad fue sensación en Cosquín, nosotros ya teníamos en casa una foto de ella y la hermana, porque su representante de Arequito nos la había mandado. También quiero creer que el primer Chaqueño Palavecino está en mi revista. La primera foto de Los Nocheros cuando Cacho Tirao los invitó al escenario, también en Cosquín, también está. Tenemos un archivo de doscientos casettes grabados con reportajes y miles de fotos, muchas de las cuales no hemos publicado.
“Además del suplemento de Jacinto publicamos otros dos con canciones de Los Carabajal, que se convirtieron en best-sellers y son las revistas más robadas de la historia, porque en las guitarreadas, cuando se machaba el dueño le afanaban el ejemplar. También hicimos una revista dedicada a Horacio Banegas, que cuando dejó Los Tobas, venía a mi casa con su guitarra y aquí hacíamos canciones. Publicamos notas a las Sacha Guitarras, los Tekis, chicos y grandes que guardan un sentimiento hacia mí, al margen de lo profesional. Tenemos declaraciones de artistas que dijeron:
-Nosotros nunca vamos a grabar para las multinacionales.
Y hoy lo están haciendo. Tenemos todo grabado.
“Dejamos de hacerla por los costos, cuando se dejó el uno a uno empezamos a tener dificultades para cobrar los avisos. La debacle nos obligó a cerrar. Hicimos 46 números y cuatro suplementos, cincuenta revistas en total.”

Después la entrevista se irá terminando y quien fuera una de las voces más reconocidas de la radiofonía santiagueña en los últimos treinta años, se despedirá apurado, tiene que hacer unos trámites, antes de viajar a Rosario, donde lo esperan para que, sobre un escenario, vuelva a desplegar toda la magia de una voz paisana, que recuerda un Santiago que no volverá a ser jamás.
Nota aparecida en El punto y la coma.

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