jueves, 13 de octubre de 2011

Mateo Boix

De anteojos, Mateo Boix y los amigos luego de la hazaña.

El looping, la hazaña, la circunferencia vertical

Cerca de ochenta años después, Josefa Boix recuerda que de chica, a la tarde, cuando vivía en Caspi Cuchuna, y su hermano no estaba en la casa, lo buscaba en un corral cercano. Ahí estaba Mateo, mirando el cielo, haciendo como si tuviera un avioncito entre las manos. “Miraría los pájaros, no sé”, dice. Y se enoja porque hay santiagueños que no saben de la hazaña del campeón mundial de looping.
El record mundial lo tenía un mendocino, Arnaldo Maciel, que había dado 1.100 vueltas en el aire. Pero el 16 de octubre de 1955, en el aeródromo de Santiago, desde las siete menos cuarto de la mañana hasta las 10 y 23 minutos, según el acta que se levantó en el lugar, el aviador santiagueño Mateo Boix, hizo 1.385 loopings, los últimos once con el motor “plantado”, porque se le había acabado la nafta. Todavía hoy, quienes lo conocieron sostienen que si no se le hubiera terminado el combustible “seguiría haciendo piruetas”.
El looping es una arriesgada acrobacia aérea que consiste en dominar el avión de tal suerte que dé vueltas hacia atrás. En palabras de Mateo Boix “es una circunferencia vertical pasando por el vuelo invertido”.
El hombre nació en Caspi Cuchuna, departamento Silípica, el 8 de octubre de 1923. Allí su padre, un inmigrante español había puesto un aserradero. Era el quinto hijo de una familia de nueve hermanos, de los que hoy queda solamente Josefa.
Los hermanos fueron a la escuela hasta segundo grado en el campo, después venían a seguir los estudios en Santiago. Mateo fue al Colegio Nacional. “Andaba en segundo año y no había sabido llegar: se iba al aeropuerto. Y a veces pasaba por encima de mi mamá y ella no sabía nada”, cuenta Josefa.  A los 16 años avisó que andaba volando y ya no terminó la escuela.
Su pasión fueron los aviones. Al tiempo comenzó a fumigar sembrados. A los veintipico lo contrata el gobierno del Perú. Allí conoce las ruinas de Machu Picchu y el complejo sistema de irrigación de los incas, lo que le permitiría, años después, afirmar que en Santiago existían los mismos canales, ya que también los había visto aquí desde el aire.
La mañana del domingo 16 de octubre del 55, según las crónicas de ese tiempo “se presentó con un cielo diáfano y tranquilo, que favoreció las maniobras del piloto quien con una destreza impecable cumplía una tras otras sus intenciones”. Desde un año antes, Mateo estuvo sacando piezas al avioncito fumigador -un Piper con motor de 85 H.P. que no estaba preparado para hacer acrobacias- a fin de aligerarlo, sacarle peso.
La hija, Marcela, recuerda que le sacaban un tornillo, probaban volar un tiempo, y así con cada pieza, hasta que lo tuvieron preparado para la hazaña. En una larga conversación, matizada de recuerdos y la lectura de los recortes de diarios, ella –también piloto- recordará que en alguna ocasión, siendo muy pequeña, acompañó a su padre en sus acrobacias. Como una vez que, sentada en el asiendo de atrás, tuvo que tirar una pelota en una cancha de fútbol. Mateo le dijo:
-¡Ahora!
Y ella arrojó el balón que cayó entre los jugadores. Otra proeza repetida era lanzar ramos de flores en los aniversarios de las escuelas o en cuanta institución lo invitara a practicar sus famosos giros en el aire. Pasar por debajo del Puente Negro era casi una rutina. Su hija también recuerda a un aviador tucumano de apellido Germanó. Cada vez que los llamaban a los dos, él tenía que hacer algo más. Si el otro hacía un looping, Mateo le agregaba volar cabeza abajo o aterrizar en una sola rueda, siempre demostrando que era el mejor.
En Santiago una plaza del barrio Aeropuerto lleva su nombre. Cada vez que llega esta época los memoriosos lo recuerdan, como el historiador de vivencias santiagueñas Pedro Rojas Cuozzo, quien hace unos años en este mismo diario trazó un vívido relato de aquella hazaña santiagueña en Mal Paso, cuando la aviación santiagueña escribió la página más gloriosa de la historia.
¿Cómo era Mateo Boix en persona? Su hija lo describe: “Sereno, comprensivo, meticuloso, apasionado, exigente: quería ganarle al tiempo. Infundía seguridad y confianza: exigía siempre lo que brindaba. Sin dobleces ni dudas. Intrépido, temerario. Profundamente solidario”.
Aquel domingo de gloria en el aeródromo santiagueño, el que luego sería llamado el “Halcón santiagueño”, luego de bajar de la nave, cuando le preguntaran a quién dedicaba su triunfo, dijo que a su madre. El próximo domingo, también 16, quizás los dos desde el cielo sigan cuidando a los pilotos santiagueños, navegantes del viento norte, amigos de la libertad. Y quizás recuerden a Mateo Boix surcando el diáfano cielo provinciano como un soplo de eternidad.
De una nota firmada por Juan Manuel Aragón en el Nuevo Diario.

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