jueves, 5 de noviembre de 2015

Fray Juan Grande: su semblanza

Fray Juan Grande en el atrio de Santo Domingo

Graciela Beatriz Muhn 

La educación, la religión, su humildad

En un recorrido histórico que trata de rescatar figuras que marcaron huellas en la educación de la Provincia de Santiago del Estero, surge la poco mencionada pero muy valiosa impronta dejada por Fray Juan Grande. El Convento de Santo Domingo es el privilegiado de exhibir en
su atrio su humilde y conmovedora figura.
Juan Antonio Grande, había nacido en Lugo, en el año 1778, en ese imponente reino de Galicia que fue la inspiración de poetas y escritores y evidentemente llevaba en su sangre la pasión por aquello que consideraba importante y valioso para la vida misma.
Así, con el ímpetu que caracterizaba su personalidad, sintió la necesidad de lanzarse a la conquista de un nuevo mundo y lleno de entusiasmo y esperanzas se marchó hacia la prometedora tierra americana.
Tenía 26 años invadidos de ímpetu y deseos de superación personal y económica cuando decidió emprender el viaje por las inconmensurables aguas del Océano que lo guiarían hacia las Playas del Río de la Plata.
Sin embargo, los planes de Juan se vieron truncados cuando el navío en el que viajaba naufragó y su vida corrió peligro. La desesperación de la situación impensada parece haber sido el punto clave para que este joven español revisara sus metas de vida. Vio y sintió la presencia del Todopoderoso indicando nuevos rumbos para su existencia y entre el temor y la fe prometió cambiar sus planes si salvaba su vida. La ayuda al prójimo desde una orden religiosa fue una opción que no tardó en tomar cuando se salvó de semejante catástrofe.
Cuando llegó a Buenos Aires, fiel al cumplimiento de su íntima promesa, profesó como Hermano Lego en el Convento de Santo Domingo. Corría el año 1805 cuando enrolado en la orden de Predicadores renovó su intención de amar y servir a sus semejantes.
Y en la senda de hacer el bien, la educación al pueblo donde se le mandara vivir fue una de sus pasiones más sentidas.

La educación en Argentina después de mayo de 1810
Una especial mención a la situación en Santiago del Estero Después de mayo de 1810, los gobiernos ampliaron su visión con respecto a los estrechos vínculos que la educación popular tenía con el progreso de los pueblos.
En el Cabildo Abierto llevado de Santiago del Estero el 9 de mayo de 1811, D. José Frías, alcalde patriota resolvió solicitar a la Orden de los Predicadores el nombramiento de un preceptor o maestro capacitado “y muy adicto al sistema actual” para que se hiciera cargo de dirigir una escuela pública.
También por ese entonces en el Convento de San Francisco, Fray Benito Lombardini dictaba clases gratuitamente a todos los que quisieran aprender gramática y los primeros rudimentos del arte.
La difusión de estas actividades educativas se hacía a través de carteles y avisos públicos, tanto desde las misas como en cualquier otra reunión que pudiera convocar a gente interesada. El boca en boca era por ese entonces nuestro actual Internet.
Con esta realidad de una educación popular tan incipiente las participaciones de aquellos que apostaban a crear una sociedad mejor, como es el caso de Juan Grande, fueron indudables promotores de hombres… y hasta algunas mujeres, que marcaron sus huellas en el devenir del pueblo santiagueño.

El aporte de Manuel Belgrano
Cuando la Asamblea General Constituyente premia en 1813 al general Manuel Belgrano por los triunfos obtenidos en las batallas de Tucumán y Salta, éste decide invertir el dinero-cuarenta mil pesos-en la creación de cuatro escuelas en distintas ciudades entre las que se encontraba Santiago del Estero.
Debe tenerse en cuenta que una fuerte carga afectiva relacionada con la familia materna de Belgrano hizo que la elección del prócer con respecto al lugar elegido para crear las mencionadas escuelas contemplara a Santiago como una de las sedes.
La posibilidad de contar con un establecimiento educativo que tenían sus planes particulares y una importante subvención estatal, movilizó al Ayuntamiento santiagueño que organizó pruebas de oposición para que concursaran los maestros interesados.
Mientras esto ocurría se solicitaba al gobierno un adelanto para ir armando la instalación definitiva de este proyecto. Lamentablemente, no todos eran Juan Grande.
Las promesas no siempre se cumplen y las motivaciones políticas hacen variar los destinos de las inversiones y dejan sin efecto la concreción de algunos fondos de financiamiento que en un momento consideraron prioritarios.
Así, la noble intención de Belgrano, quedó sin efecto a pesar de largos y tediosos trámites que llevaron muchos años de espera. Al no poder concretarse la fundación de la escuela belgraniana en Santiago del Estero, la misión de impartir educación quedó a cargo de la Orden Dominicana, cuya escuela se vio fortalecida con la presencia del hermano lego fray Juan Grande, quien comenzó su labor en esta provincia a fines de 1812 y más fuertemente en el año 1813.

Docente ejemplar
Dicen los entendidos en los temas vocacionales que docente no es cualquiera. Si hay profesiones que requieren de pasión, entrega, estudio, dedicación, la docencia es una de ellas.
Es que el encuentro con el otro que se produce en el acto de enseñar requiere de la voluntad y el deseo del que enseña para que en la advertencia de estas actitudes del maestro por parte de sus discípulos se genere en forma espontánea el “deseo de aprender”.
Aunque resulte algo redundante en las palabras, este encuentro entre el deseo del que enseña y el deseo del que aprende constituye el encuentro pedagógico por excelencia. Y cuando el docente es capaz de ir cambiando los lugares de dueño del saber, es decir cuando en algún momento el maestro es alumno y el alumno maestro, las experiencias pueden llegar a su más alto nivel de riqueza.

Producción Académica
Este fue uno de los dones de Fray Grande. Los anales de la Educación Popular lo presentan como un ejemplo sin parangón.

Trayectoria en Santiago
A fines de 1812, prácticamente ya en 1813, Fray Juan Grande comienza su labor apostólica educativa en la orden dominicana de la Provincia de Santiago del Estero. Esta orden, tenía como misión obligatoria, la enseñanza. Este fue el motivo por el cual los Jesuitas les entregaron el templo: debían educar a los expulsados del sistema y crear o mantener una escuela en su casa. Los dominicos no habían olvidado esta misión, ya que Fray Pío Cabezón se había dedicado a la enseñanza, oficializada el 5 de septiembre de 1822 por disposición del Gobernador Ibarra con el advenimiento de la Autonomía Provincial. En ese período, la atención educativa de las aulas dominicanas oscilaba entre el mencionado fraile y nuestro reconocido Juan Grande.
En el año 1823, por pedido y decisión del citado Gobernador se encomienda oficialmente a Fray Juan Grande que se haga cargo del aula de Santo Domingo.
Así comenzó a funcionar esta escuela, que era la segunda oficial del gobierno de Ibarra (la primera había sido la Casa de Belén de la beata Ana María Taboada).
Solo contaba con una asignación anual de cien pesos que el Gobierno le otorgaba de los fondos que había donado el General Manuel Belgrano para la fundación que nunca se concretó a pesar de su voluntad. Esta obra se mantuvo vigente y en ella la fi gura de Fray Juan Grande estuvo presente por casi medio siglo ya que trabajó hasta el año 1854 tiempo en el que su empeño y dedicación se vieron compensados con la formación de numerosos discípulos que fueron reconocidos hombres de bien en la historia, política y cultura santiagueña.
Dotada la escuela de útiles y enseres necesarios para cumplir con los objetivos de la enseñanza oficial de esa época, ésta se convirtió en escuela pública, por decisión de las autoridades provinciales.

Sus métodos y sus discípulos
Una prueba contundente del accionar pedagógico de Fray Juan Grande está dada por la cantidad de discípulos estudiosos y con deseos de superación que salieron de sus aulas.
Indudablemente el encuentro entre docente –alumno que provocaba desde su convicción de formador se vio reflejado en sus frutos, ya que varias generaciones de sacerdotes, gobernantes e intelectuales de las más conocidas familias santiagueñas se formaron en sus aulas.
En su tarea implementó el método Lancasteriano y como lo expresa su biógrafo, Fray Rubén González en su libro “los Dominicos en Argentina, ”para los niños más pequeños. o los que se iniciaban, hacía traer arena del río que, extendida, servía de pizarra. Los más grandes continuaban aprendiendo a escribir y sacar cuentas en tablas pintadas, en hojas de cactus acondicionadas al efecto, o en paletas de vaca. Los instrumentos para la escritura eran punzones o plumas de ave y la tinta se preparaba con diversos ingredientes obtenidos de plantas lugareñas, como las hojas del añil o las frutillas del ichil...”
Sólo un espíritu tenaz y heroico pudo haber concretado esta meta.
Su deseo se entrelazaba con su imaginación para buscar los mejores modos de llegar a quienes tenía como alumnos.
Entre las figuras destacadas que surgieron de sus aulas se encuentran: los presbíteros: Reinerio Lugones, Olegario Hernandez, Gregorio Cornet y José Baltasar Olaechea.
Estadistas y publicistas como Amancio Alcorta, Pedro Pablo Olaechea, Pedro Firmo Únzaga, Angel Justiniano Carranza y Absalón Rojas.
También fue su alumno el primer tipógrafo santiagueño, don Segundo Araujo, quien siempre recordó con orgullo haber sido alumno de tan dilecto maestro.

Ejemplo de vida
Fray Juan Grande fue sin lugar a dudas un ejemplo de vida.
Pudo revertir su deseo de “hacerse la América”, que lo había impulsado a viajar a estas tierras del Plata por una misión tan noble como necesaria, la docencia desde el lugar que le mandaran ocupar trabajo tenazmente con el único fi n de que sus discípulos fueran en el fututo verdaderos hombres de bien y ciudadanos conscientes de su responsabilidad social. ¡Y sí que lo logró!
No era fácil por aquellas épocas, aunque estuviera vigente la aplicación del método Lancasteriano, delegar en monitores el “poder atribuido a los maestros”: solo pudo darse en espíritus tan generosos y en mentes tan brillantes como tenía este ilustre pastor.
Por ser tan amigo del gobernador Ibarra, pudo haber ocupado importantes cargos y ascender en los grados de su Orden. Sin embargo, su modestia, y el desprecio por las vanidades lo mantuvo en los cargos de Procurador y Sacristán, aunque por sobre todo fue maestro.
A los 79 años, sólo la vejez pudo hacerlo desistir de su entusiasta y anhelada tarea de enseñar, pero al retirarse dejó una estela indiscutida de entrega sin reservas que lo coloca en el lugar de un ícono en la enseñanza provincial de su tiempo.
Fray Grande falleció en esta ciudad de Santiago del Estero, el 15 de abril de 1857 y se encuentra sepultado en el Templo de Santo Domingo, en la parte exterior a la sacristía, tal como fue su voluntad “para que todos lo pisaran”
A pesar de su sencillez y modestia la orden dominicana exhibe hoy a la entrada del Templo un busto con su figura en reconocimiento a la invalorable labor que este hermano lego realizara en pos de la educación santiagueña.
En esta época de tantos valores trastocados, la vida de este fraile y maestro por excelencia nos muestra la importancia de tener ideales claros y lo valioso del quehacer que cada uno puede desarrollar como un granito de arena en la gran playa de la vida.

Salud Fray Juan Grande... Procuraremos imitarte.
(De “Producción Académica 2011” de la Academia de Artes y Ciencias de Santiago del Estero).

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