sábado, 9 de enero de 2016

Estudios folklóricos: justificación y exégesis

Portada del libro.
Prólogo de “El folklore de Santiago del Estero a través de sus estudiosos”, de Amalia y Hugo Martínez Moreno
Hebe Luz Ávila

Escribir el prólogo de un libro de Amalia y Hugo Martínez Moreno significa un privilegio que, en mi caso, sólo se puede explicar en esa larga y acrisolada amistad que ambos mantuvieron con mi padre y que, extendida a las familias, tuve la suerte de heredar.
Representa, también, una gran responsabilidad: ¿Qué puedo decir yo que no desmerezca al lado de su ingente obra?  Sólo se me ocurre ser fiel a mí misma, tratando de hacer docencia, es decir explicando por qué se estudia el folklore y cómo surgen y se desarrollan estas investigaciones, de manera que pueda resultar un aporte a sus lectores.
Si bien el nombre folklore y el tratamiento científico de estos estudios son nuevos, el objeto existe desde los comienzos de la humanidad, a la vez que en todo el mundo el material folklórico se refleja en la literatura y en las artes representativas.
Ya el mismo Homero, en su Ilíada y su Odisea, habría actuado como Juan Alfonso Carrizo o nuestro Orestes Di Lullo, es decir recolectando cancioneros tradicionales, de los que extrajo los personajes y las historias que narrara. En todos los pueblos ocurre lo mismo: Así, en la España de 1335, los Enxiemplos del Conde Lucanor, recogidos por el Infante Juan Manuel; o en la Inglaterra de 1360, los Cuentos de Canterbury, de Chaucer; lo mismo que el Decamerón de Boccaccio, en la Italia de 1351.
La tarea de recolectar y estudiar la materia que hoy llamamos Folklore comienza cuando el hombre toma conciencia del enorme y rico caudal de tradiciones de sus pueblos. Surge así la inquietud por conocer su pasado y perpetuar sus testimonios.
En aquel culto al saber popular, un aspecto privilegiado es la importancia que se le da a la Paremiología (estudio de refranes, dichos, proverbios y frases populares), que ya la encontramos en Aristóteles, en la Antigua Grecia del s. IV a. C.
En España, el Marqués de Santillana cumple similar función con su Refranes que dicen las viejas tras el fuego, de 1440.
Siempre servirá, también, en la conformación de los países y la consiguiente necesidad de sostenerse en tradiciones que les son auténticas.  Así, en la España de los Siglos de Oro, dominada por la Inquisición, y ante la necesidad de borrar la influencia de musulmanes y judíos, se privilegia la cultura del cristiano viejo, heredero de la tradición hispanorromana. Se recopilan, entonces, romances, canciones, villancicos, lo mismo que proverbios y refranes.
Igualmente, con el Renacimiento y Humanismo, el conjunto de países que conformaban Italia se consideraban de pasado más ilustre, pues allí había nacido el Imperio romano. Así, surgió un gran interés por rescatar ese pasado, con un consiguiente “movi-miento anticuario”, representado principalmente por la obra de Giambattista Vico, que en 1710 publicara De antiquísima Italorum sapientia (Sobre la antiquísima sabiduría de los ítalos).
Más cercano en el tiempo, el movimiento romántico tiene como idea central la afirmación del nacionalismo y un consiguiente interés en el desarrollo de las lenguas nacionales y tradiciones locales. Se intenta recoger todo lo que corre peligro de desaparición. De esta manera, podemos considerar folkloristas, aun sin conciencia de ello, a los hermanos Grimm, quienes por toda Alemania acopian cuentos y leyendas, que publican en 1812. Lo novedoso de su aporte es que, al compararlos con los de otras partes del mundo, descubren un fondo común en los temas, tanto en mitos clásicos como en leyendas europeas y hasta en los países orientales. Comprobar que estos tesoros culturales hayan pasado de unos pueblos a otros significará, en cierto modo, el comienzo de la formación de la ciencia del folklore. Febrilmente esta actividad se expande por otros países de Europa, de modo que a mediados del s. XIX  las revistas literarias recolectan gran parte del saber popular: no sólo cuentos, sino también supersticiones y hasta tradiciones, que se designan como Antigüedades Populares o   Literatura popular, y que  William Thoms propondrá que se denominen  Folklore en la consabida carta de 1846.
De esta manera, será característica del s. XIX una declarada inclinación colectiva hacia lo popular y tradicional y, como reacción contra los excesos del frío intelectualismo de la era iluminista y neoclásica, surgirá el interés hacia lo rústico y espontáneo, así como por lo legendario y lo anónimo. La palabra ya estaba creada. De allí, con la recolección y estudio sistemáticos de esos fenómenos, había solo un paso al surgimiento de la ciencia llamada Folklore.
Otra circunstancia que favoreció la formación de esta nueva ciencia fue el auge del cientificismo, que tuvo sus aplicaciones en el mundo colonial y sus sorprendentes nuevas realidades. Si bien los primeros en ocuparse de temas del hoy llamado Folklore fueron los hombres de letras, cuando lo hacen los científicos amplían su campo. De ahí el nacimiento de la Sociología, la Etnografía, la Etnología, la Antropogeografía, la Etnolingüística y otras que vendrán en poco tiempo, hasta la Semiótica y la Psicología social, todas - como también la Historia y la Geografía- auxiliares de la ciencia del Folklore.
En nuestro país, los estudios folklóricos comenzaron a fines de 1800, con la multifacética generación del 80, y con una práctica que tendrá vigencia hasta por lo menos la década del 70 del siglo XX.  El contexto histórico que justifica sus inicios se caracteriza por el proceso de modernización de finales del siglo XIX y - muy especialmente - la ingente inmigración, con su consecuente transformación cultural. Esto producirá un movimiento de revitalización de lo rural como reservorio de valores identitarios en crisis. Por otra parte, la incorporación de nuevos territorios (como la Patagonia y Chaco) provocará una reconfiguración del país, e incentivará viajes “interiores” exploratorios.
Un primer movimiento tradicionalista se da con la llanura pampeana como escenario y con carácter gauchesco, simultáneo a la aparición del Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández, con el circo criollo, las payadas públicas de contrapunto y la primera recopilación tradicional, de Ventura R. Lynch en 1883, reeditada en 1925 bajo el título de Cancionero bonaerense.
La segunda corriente tradicionalista tendría su escenario en el noroeste argentino, con nuestro Andrés Chazarreta y su valioso trabajo de recopilación musical, en las primeras décadas del siglo XX, tarea enriquecida por Ma-nuel Gómez Carrillo.
Ya en esta región originaria del país se habían dado lo que podríamos llamar trabajos inaugurales de los estudios de folklore, con Samuel Lafone Quevedo y su Londres y Catamarca, en 1888, Juan Bautista Ambrosetti, con Supersticiones y Leyendas, pu-blicado en 1917, pero que reúne trabajos de 1893, y Adán Quiroga, con su Folklore Calchaquí, de 1897.
Poco después, en el siglo XX, la consolidación del Folklore como ciencia tiene sus causas en el Centenario y su proyecto estatal de rescate bibliográfico, investigación y procesamiento de las producciones literarias conside-radas autóctonas. Más adelante, los estudios folklóricos se verán favorecidos con la conformación del pensamiento nacionalista y el posterior surgimiento de movimientos políticos de masas como el yrigoyenismo y el pero-nismo.
 En cuanto a la publicación de cancioneros populares, tendrá su figura tutelar en Juan Alfonso Carrizo, que comienza en 1926 con la publicación de su Cancionero popular de Catamar-ca y continúa con lo podríamos llamar el mapeo de la literatura popular de la región, como la de Salta, Jujuy, Tucumán y La Rioja.
 Por entonces será nuestra comarca a la que la nación en formación considere como reservorio de la cultura tradicional. Ésta es la zona más antigua, de pervivencia de lo autóctono, es decir lo auténtico, frente a los espacios nuevos Y sobre todo, la menos contaminada por la inmigración que, en aquellas primeras décadas del s. XX, había transformado la región del Plata en una Babel.
Y será un ilustre pensador santiagueño el que influya principalmente en el pensamiento nacional. Efectivamente, Ricardo Rojas, en La restauración nacionalista (1909), expone su programa: “Necesitaremos igualmente reconstruir todo nuestro rico folclor (sic), provincia por provincia, comarca por comarca”.
 Del cumplimiento de esta premisa va a depender la supervivencia como nación: “Si el pueblo argentino (…) abdica de su personalidad e interrumpe su tradición y deja de ser lo que secularmente ha sido, legará a la historia el nuevo ejemplo de un pueblo que, como otros, fue indigno de sobrevivirse, y al olvidar su pasado renunciará a su propia identidad.”
Con esta breve reseña de situaciones anteriores al desarrollo de los estudios folklóricos en Santiago del Estero, espero haber contribuido a preparar el terreno para la lectura de este libro, refiriendo escuetamente (como corresponde a un Prólogo) por qué se estudia el folklore y cómo surgen y se desarrollan estas investigaciones. Me queda señalar que fueron hechas con pasión, y llevadas a cabo generalmente con gran sacrificio por los investigadores que, junto a su obra, aquí se nombran en merecido homenaje.
Amalia Gramajo y Hugo Martínez Moreno son los continua-dores hasta nuestros días de estos grandes estudiosos – y rescatadores- de lo auténtico de nuestra cultura ancestral. Con su infatigable labor, ellos no sólo enriquecieron el caudal de lo investigado, sino que hoy cierran su larga trayectoria con este libro justiciero.
Para terminar, mi subjetividad me lleva a traer la palabra de un apasionado de la ciencia folklórica que descubrí hace poco tiempo. Alguien a quien la reciente lectura de sus libros – desde las primeras páginas- me llenó de admiración y entusiasmo. Me refiero a Tobías Rosenberg, de significativa actuación en la vecina Tucumán, creador y presidente de la Asociación Tucumana de Folklore, y cuya revista dirigió desde 1950.
De él rescato esta exacta descripción de los estudiosos protagonistas de este libro que prologo:
“El recopilador de folklore es el héroe olvidado de nuestra ciencia. Su labor, muchas veces ingrata, no ha sido valorada aún en toda su significación, y junto a él, a veces en un mismo individuo, trabaja el erudito; el investigador que, con los materiales en mano, discrimina, compara, analiza y llega así a los elementos primigenios de la cultura. Uno y otro son los que cubren el área del auténtico Folklore, que es brindado luego al poeta, al escritor, al artista para su posterior labor creadora.”
©El punto y la coma y la autora.

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